Ponte en situación por un momento. Abraham Wald y el sesgo del superviviente: por qué lo que no ves decide el resultado.
Los motores y la cabina del piloto, en cambio, vuelven prácticamente limpios.
Aquí viene la pregunta para ti:
El blindaje de acero pesa muchísimo y resta velocidad y combustible, así que es imposible cubrir todo el avión. Solo se pueden proteger unas pocas zonas. Si la decisión estuviera en tus manos, ¿dónde mandarías colocar esas planchas de refuerzo?

Si tu primera respuesta intuitiva ha sido "en las alas y en el fuselaje, que es donde están todos los disparos", no te preocupes: fue exactamente la misma conclusión a la que llegaron los mandos militares de la época. Parecía de puro sentido común.
Salvo por un detalle: estaban a punto de cometer un error irreparable. El giro en la historia lo dio un matemático austrohúngaro llamado Abraham Wald, miembro del Statistical Research Group de la Universidad de Columbia. Wald analizó los datos y señaló el fallo en el razonamiento del ejército: el fuego antiaéreo no tenía una puntería milimétrica para acertar únicamente a las alas; los disparos se repartían de forma aleatoria por todo el fuselaje.
Si los aparatos que regresaban apenas tenían impactos en los motores, no era porque las balas no llegaran allí, sino porque los aviones que recibían fuego en el motor se habían estrellado en combate. Los agujeros que estaban contando correspondían, en realidad, a las partes que un bombardero podía tener dañadas y aun así seguir volando.
En sus estudios de 1943, Wald demostró matemáticamente lo que hoy se conoce como el sesgo del superviviente: la trampa de juzgar una situación fijándonos únicamente en los datos que han superado un filtro o una prueba, olvidando por completo todo lo que se quedó por el camino.
El blindaje no debía colocarse donde estaban los disparos visibles, sino justo donde no había ninguno.
¿Te resulta familiar esta trampa?
El espejismo del éxito en redes
Mirar a los cuatro perfiles que triunfan y asumir que basta con seguir sus pasos, sin darnos cuenta de los miles que hicieron exactamente lo mismo y quedaron fuera del foco.
El examen que sale mal
Concluir de golpe que un estudiante "no se esfuerza suficientemente" mirando solo el número en rojo (el impacto visible), sin pararnos a analizar lo que no se ve a simple vista: si hubo bloqueo ante el reloj, si faltaron pautas de organización o si no se comprendió el enunciado de la prueba.
La inercia de la mayoría
Asumir que la solución correcta a un problema es siempre la que señala todo el mundo con el dedo, simplemente porque hace más ruido.
Las situaciones complejas rara vez se resuelven aplicando recetas automáticas. Pensar con criterio propio consiste en eso: frenar el impulso, cuestionar lo que parece obvio a primera vista y atreverse a buscar la información justo donde nadie más está mirando.
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